Sin un manual para vivir

Pienso que ser sinceros o intentar ser veraces, auténticos, hoy no casa con la moda. Hoy vivimos una cultura del espectáculo, de pensar, hablar y opinar, sin criterio y principalmente con un sentido del oportunismo más que de la oportunidad.

Vemos, en la calle, o en los medios de comunicación, comportamientos y costumbres que yo creo que son antieducativas y un pobre y feo principio, de partida, para convivir pacíficamente o para fortalecer nuestra sociedad.

Creo que ningún tiempo, ninguna etapa de la Historia Humana, se distingue por ser una referencia ideal, o que se aproxime a un ideal cumplido, objetivizado, hecho realidad.

Más bien, el gobierno de cómo gobernar nuestras vidas, ha sido, sigue siendo, una materia sin manuales, recetas, fórmulas magistrales. Queda en el ámbito más puramente privado. Es decir, el análisis que uno mismo se haga, de sí y de su propia vida, es un hecho objetivo y subjetivo, que es conforme es cada persona.

No existe una ciencia de cómo vivir. No existe una ética de cómo sí vivir y de cómo no vivir. No existe una práctica fluida, pacífica, transparente, auténtica.

¿Qué es esto?. Pues no lo sé. Es un poco una gran selva de complejos y distintos intereses. Es un gran teatro, más real que escenográfico.

Es una aventura, una aventura en la que te juegas la vida y te juegas todo lo que eres y todo lo que no eres, tu libertad, tu felicidad, todo te lo juegas, en esta aventura.

En mi aventura, como todos hacemos, cuento la película o la historia, a mi manera, desde mi perspectiva o punto de vista. He tenido la gran suerte o la feliz fortuna de vivir en un tiempo de paz, progreso y desarrollo de mi país.

Veo la realidad global, social, humana, como se ve desde la paz cotidiana, no interrumpida, que ya era presente cuando nací y llegué por este mundo.

En resumen, puedo sentirme afortunado de haber nacido en tiempos de paz, en un país desarrollado, dentro del eje de los países democráticos de este planeta.

Puedo sentirme afortunado de haber nacido en estos tiempos, a caballo del siglo veinte y el siglo veintiuno.

Sé que son tiempos violentos, competitivos, como lo han sido todos los tiempos de la Historia Humana. El hecho es aceptar, de buen grado o aceptar de mala gana, que vivimos, como siempre hemos vivido, en una sociedad depredadora, desigual, que abusa y explota y falsea con la carita inocente de los niños, yo no he sido.

Acepto que son tiempos convulsos, de grandes contrastes y de fuertes contradicciones, que, no obstante, me han posibilitado asistir y presenciar un amplio periodo de paz y de progreso, como lo han sido estos últimos 45-50 años.

O sea, no me quejo, intento no quejarme del tiempo que vivo, como intento también no quejarme, no emitir protesta inútil, contra las características de muchas criaturas que son, como yo, representantes y embajadores de esta especie humana que somos.

Muy bien, somos humanos, pero ser humano es un nombre, qué somos en realidad, qué somos para nosotros mismos, qué somos para nuestros semejantes, qué somos para el resto de la vida que fluye, en este planeta.

Qué somos, buena pregunta, que nos lleva a preguntarnos cómo vivimos, qué hacemos de verdad, por mejorar nuestro propio mundo y por mejorar el mundo que existe a nuestro alrededor, que compartimos con muchas criaturas, de nuestra misma y de otras especies.