Páginas de la infancia

Al nacer, me compraron un tren de circunstancias, con las ruedas redondas, donde yo tenía que ir construyendo las vías y aprender a ser un buen empresario de ferrocarriles.

Al tercer año de la niñez, el tren de madera y un caballo de cartón abierto por las tripas, pasaron al trastero. Mi padre, de regreso de uno de sus viajes, me traía un camión pegaso y un autocar con conductor y sin pasajeros.

El tren de mis circunstancias ya no daba silbidos, de Nueva York a California, los indios tomaban el sol en Hollywood y yo aún no sabía qué era el cine, la cámara de proyección, el corral de alguien, la silla de tu casa y la pantalla gigante, con balas rebotadas de valientes pistoleros y bolsa de quicos y garbanzos fritos para matar el rato.

Mi tren no pitaba en el trastero, mientras el camión nuevo transportaba alimentos e ilegales por la frontera de alguna parte. El autocar, para los pobres con posibles, aquellos que aparentan una esperanza de futuro, un empleo, unos papeles de identidad.

Con cuatro años, la primera enciclopedia. Se acabaron los trenes y el tráfico ilegal de whisky. El autocar, cubierto de telarañas, para la risa, recordando viejos tiempos de emigrantes con los bolsillos llenos de ilusiones. La enciclopedia hizo desaparecer todo.

Aquella enciclopedia se apoderó de mis juegos infantiles. En ella estaba todo lo que yo debía saber, los secretos y conocimientos del mundo. En portada, una criatura de mi edad, recordando a Moisés, con la tabla de los 10 mandamientos de Dios y los principales ríos de España.

Las vocales y las sílabas, la composición de las palabras. Aquella enciclopedia me lo daba todo. En ella aprendí a leer, con profesor particular, exigente y severo, don Gregorio, mi padre, un verano de pleuritis y tiempo libre.

Un libro llama a otro libro y siempre los padres creen que sus hijos van para ingenieros, académicos y ministros de la marina. Acaso con el transcurrir de los años, los padres aceptarán a un capataz, un encargado, un jefe de mediana relevancia antes de verles padres de familia, el síndrome de la calvicie, los llantos nocturnos del bebé, la ayuda de los abuelos.

Pasaban los días de mi infancia con feliz conciencia y trabalenguas de idiomas imposibles hasta que aquella enciclopedia llegó a mis manos, enseñándome la ciencia de la aritmética, las ciencias naturales y la historia de España. Medio libro para darme a conocer a Dios, la Biblia y las fiestas religiosas. El otro medio, para dar un poco de cultura general a un buen español. Niños de cinco años que conocemos el mundo por las ilustraciones y las fotos de los libros.

En mi paisaje de infancias vividas, los libros me fueron buenos compañeros, mejor con las letras gordas y con palabras sencillas. Libros y experiencias de niño que aprende de otro compañero a atarse los cordones de los zapatos, pelar una naranja, traer una jarra de agua en el comedor escolar, perder canicas con jugadores tramposos, pasar muchas horas entre gente extraña que habla en idioma desconocido, luchar por notables y sobresalientes, paisajes de un chiquillo de siete años, territorio extranjero, hijo de la emigración peninsular.

De aquel primitivo e infantil tren de circunstancias y de todos los juegos y juguetes posteriores, incluyendo algún libro gordo, de potentes ilustraciones a página completa, libros de naturaleza, contar el número de plumas de un gorrión, libros casi sagrados y de grueso peso en las manos de un niño.

Los había también delgados, atléticos, libros de batalla y fácil correr de páginas. Aventuras y aventureros, espadas que se baten en duelo, barcos en la bahía y espías en el puerto, el mundo de las tabernas y de los piratas a través de aquellos primeros libros.

Son los trenes y los libros como las almas viajeras que necesitan poco tiempo para hacer las maletas, buscando una siguiente estación y un nuevo pitido de locomotora como el libro busca a nuevos lectores. El más allá, en el horizonte por el que se pierde el tren o pasamos la página del libro como los minutos de la existencia, imparables desde el primer juguete de la infancia, interminables como el hilo transparente de la vida.
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